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El kilómetro cero del viaje hacia el abismo



Domingo 16 de septiembre de 2018, por (abc)

Una caja de cartón se convirtió en el símbolo de la crisis financiera de 2008. Un objeto humilde, barato, poco sofisticado. Lo contrario a los complejos activos derivados, respaldados con hipotecas de mala calidad, con los que se atragantó Wall Street: productos de alta ingeniería financiera, incomprensibles para aquellos compradores de inmuebles a los que les regalaban los créditos para comprar casas en la fiebre que vivió los años anteriores el mercado hipotecario, aunque no pudieran pagarlas.

La caja de cartón la llevaban los empleados de Lehman Brothers hace hoy diez años. En ella llevaban los objetos personales –la foto de la familia, una pluma especial, el tarjetero– para salvarlos de la quema. Después de un fin de semana de infarto, en el que se discutió su posible rescate, una venta a la baja a un competidor –Bank of America y Barclays eran los principales candidatos– o su quiebra, prevaleció la última opción. Los reguladores dejaron caer al cuarto mayor banco de inversión de EE.UU. en el episodio más recordado de la crisis financiera.

Lehman Brothers no hizo algo muy diferente a otros bancos en aquella década que estrenó el siglo, en la que el negocio inmobiliario ayudó a dejar atrás las penas del estallido de la burbuja «punto com». El banco, fundado en 1850, cabalgó como nadie la burbuja hipotecaria: compró entidades dedicadas a la concesión de hipotecas –incluidas dos especializadas en hipotecas de baja calidad– y se metió de lleno en la venta de activos respaldados por hipotecas –en muchas ocasiones tóxicas, de baja calidad–, como hicieron el resto de entidades, y que acabaron envenenado al sistema financiero cuando estalló el mercado hipotecario. Pero Lehman Brothers fue más lejos que nadie: en 2007, el mismo año en el que estalló la burbuja inmobiliaria, suscribió más activos respaldado por hipotecas que ningún otro banco y llegó a acumular 85.000 millones de dólares en estos títulos.

Su estrategia le había dado buen resultado. De 2005 a 2007, Lehman Brothers batió año tras año su récord de beneficios. En 2007, llegó a los 4.200 millones de dólares, frente a unos ingresos de 19.300 millones. En febrero de ese mismo año, el precio de su acción batió su récord, con 86,18 dólares, lo que le daba una capitalización de mercado de 60.000 millones.

Para aquel entonces, las grietas de la burbuja inmobiliaria empezaban a asustar. Los incumplimientos en los pagos de hipotecas se acumulaban, lo que ponía en peligro el negocio de beneficio rampante del que disfrutaba la banca y la caída de Lehman Brothers se precipitó. Su exposición a un mercado hipotecario en derrumbe le condenó a la quiebra. En marzo de 2008, el colapso de Bear Sterns –fue comprado a saldo por JPMorgan Chase– fue el anticipo de su bancarrota.

Los más de 25.000 empleados de Lehman Brothers se fueron a la calle, de forma literal, de la noche a la mañana. La quiebra de una entidad con más de 600.000 millones de dólares en activos la convirtió en la mayor bancarrota de la historia.

A pesar de su importancia, la de Lehman Brothers fue solo la guinda de la crisis que arrancó en 2008, un colapso financiero de proporciones bíblicas, solo comparable a la Gran Depresión de 1929. Dos semanas después de la bancarrota de esta entidad, la Bolsa se hundió, con la mayor caída en puntos del índice Dow Jones, 777 puntos, hasta la que sobrepasó los mil puntos a comienzos de este año.

La crisis pulverizó cerca de ocho billones de dólares en el mercado de valores entre finales de 2007 y 2009, provocó una caída global del crecimiento económico del 4%, destrozó nueve millones de empleos –el paro en EE.UU. llegó a estar en el 10%, una cifra muy alta para la economía estadounidense– y los norteamericanos vieron volar casi diez billones de dólares en riqueza, por la caída del valor de sus hogares y de sus fondos para la jubilación.

Los grandes cimientos de la economía de EE.UU. parecieron tener los pies de barro. El Gobierno, en el final de la presidencia de George W. Bush y en el arranque de la de Barack Obama, tuvo que inyectar cientos de miles de millones en el sistema financiero, rescatar entidades que se consideraban «demasiado grandes para caer» como la macroaseguradora AIG, estimular la economía con fondos a infraestructuras y al sector de la automoción –que también estuvo al borde del colapso–y desarrollar normativa con una regulación más estricta en la toma de riesgos de los bancos y de su posible impacto en el resto de la economía.

Estabilizar el sistema
La prioridad en aquel momento fue estabilizar un sistema financiero que se desangraba y que amenazaba con dejar a la economía paralizada. La Administración Obama insufló más de 400.000 millones en su rescate, una decisión que era, a la vez, inevitable e impopular: enviaba el dinero de los contribuyentes a los mismos bancos que habían contribuido al desastre con prácticas de alto riesgo. Los bancos pagaron multas por su utilización de activos respaldados por hipotecas de mala calidad. Sus responsables, ninguna. En entidades tan grandes, con la toma de decisiones ramificada, no se imputó a ningún miembro de la cúpula bancaria. Es imposible desligarlo de la creciente desconfianza popular a las instituciones públicas y al surgimiento de ideologías extremistas antigubernamentales tanto en la derecha como en la izquierda: el Tea Party y Occupy Wall Street. Su prolongación ha sido una atmósfera política polarizada, en la que en 2016 irrumpieron candidatos impensables antes de la crisis como el socialista Bernie Sanders y el demagogo Donald Trump.

Quizá las cajas de cartón de los empleados de Lehman Brothers es la fotografía más reconocible de la crisis financiera. Las imágenes que mejor la reflejaron, sin duda, fueron otras: el montón de cartas sin abrir en la puerta de una casa desahuciada, los suburbios de hogares abandonados sin pagar, la gente que en Nueva York perdió su trabajo, dormía en el coche y que de su vida anterior solo mantuvo la suscripción al gimnasio para poder ducharse.

La situación hoy ha cambiado: el empleo está en niveles récord y los bancos vuelven a encadenar beneficios históricos. Pero, al mismo tiempo, se apuesta por desmontar la regulación del sistema bancario, se recuperan prácticas crediticias de riesgo, las entidades financieras tienen un volumen mucho mayor incluso que antes de la crisis y el mercado inmobiliario se calienta: no está claro que se aprendieran las lecciones
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